juan cristobal, perù
EXILIO viví en cuartos oscuros y pocos conocidos amé amores grises soledades terribles botellas solitarias y peligrosamente vacías y todo por qué / por amor al mar y a la alegría cuarteada y pequeña de mis hijos mi alma se hizo así tibia sorda ruinosa sin ningún gesto o incipiente o regustado destino fue cuando empecé a conocer el lado oscuro grotesco e inaccesible de las gentes el temor a esa novia que después de las fiestas me decía en una playa solitaria: “cuando veas otra vez el amanecer llorarás sobre mi hombro y tus manos volverán a ser el carbón apagado del otoño” por lo que la inseguridad creció como un pellejo misterioso en mi pecho y me asombró y me llenó de tantas alimañas en la noche que no supe qué hacer con las heridas y vaivenes del cielo con los peldaños oxidados de mis ojos con la piedad ensangrentada de mis pasos que a veces se me aparecían entre las voces sepultadas de la casa y me acusaban de miles de cosas que no era y si bien el tiempo fue sencillo tierno generoso y a veces curiosa y salvajemente maravilloso (sobre todo cuando me embriagaba con los carteros en el río) otras veces se asemejaba a un prostíbulo cerrado al espejo roto y destrozado en las malezas de la envidia al infierno inacabable en los latidos estériles de mi boca por lo que decidí regresar a mi guarida y enfrentar a lo que fuese / al sol por ejemplo cuando aparecía y desaparecía en el horizonte injusto o innoble de la hoguera al son de esa música aterida y secreta de los locos pero cuando llegué y fui donde los amigos a recordar nuestras infancias nuestros partiditos de fútbol en la tarde nuestras mentiras encendiéndose como murciélagos en el pasto cuál no sería mi sorpresa cuando todos me humillaron entregándome –por un plato de lentejas y unos cuantos frijolitos en otoño- a los verdugos más ciegos y salvajes del peligro por lo que temblé y dejé de soñar como los canarios inaccesibles de los niños especialmente cuando me gritaban y pateaban y puteaban en la celda mientras mi madre (cuyos días por culpa de su esposo se parecían a esa cueva atosigada de moscas y lagartos) desfallecía como una flor en el agua en lucha indesmayable por su vida De: Para olvidar la muerte Lima, Ediciones Mantaro, 2008
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Por lobogabriel - 2 de Agosto, 2008, 6:18, Categoría: poesia
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